Comunicación y desinformación, el uso partidista del mensaje

La ética y la comunicación no siempre caminan de la mano. Objetivos cortoplacistas pueden hacer que empresas u organismos, asesorados por agencias de comunicación “demasiado agresivas”, decidan emplear estrategias cuando menos cuestionables, con acciones aparentemente rentables pero que, a la larga pueden provocar serios problemas de credibilidad.

El concepto no es nuevo. El uso partidista de la información viene de lejos y ha sido utilizado en mayor medida en el ámbito de la política, pero también en la empresa. Cabe recordar el manejo propagandístico del ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, quien desde su ministerio cantó las alabanzas del régimen ejerciendo un férreo control de la prensa, así como de la producción cultural del país. También, era Goebbels quien configuraba los discursos del líder del Partido Nacionalista Alemán, verdaderas arengas dirigidas al pueblo con las que se lograba enaltecer los ánimos y dirigir el pensamiento de manera unívoca.

No le iba a la zaga el sistema de propaganda soviético. Periódicos como Krasnaya Zvezda (La Estrella Roja) y Pravda (La Verdad) definían su línea editorial en connivencia con el Congreso de los Soviets con el fin de establecer los mensajes fundamentales que debía asumir el ciudadano ruso (y sus satélites). Y no sólo con la prensa se ejercía el control de las masas. El cine, el cómic o la ilustración fueron elementos muy efectivos para la transmisión de poderosos mensajes.

Además de las potencias del eje, que utilizaban la comunicación como un elemento para el control y orientación de los mensajes, América también depuró su comunicación incidiendo en informaciones anti-comunistas o exaltando los valores de la nación y su american lifestyle.

Los ejemplos son innumerables: regímenes dictatoriales, autoritarios o democracias solventes, el control de la comunicación aparece en mayor o menor medida en todos ellos: unas veces de manera evidente y otras con subterfugios, pero con el fin concreto de decidir cuáles son los mensajes que calarán en el subconsciente colectivo, retorciendo la verdad para que el ciudadano acepte la realidad que más le conviene al gestor de esa comunicación.

Y aún puede ser más grave. Si bien es cierto que los discursos oficiales y/o corporativos, asesorados por las agencias y de comunicación, pueden rozar lo éticamente correcto, el individuo dispone de la libertad de dejarse engañar o no; nadie te puede exigir creerte lo que dice otro. En cambio, el uso de acciones descaradamente manipuladoras sí pueden incurrir en malas prácticas, artes maliciosas e incluso ilegalidades.

Veamos algunas de las más comunes:

Desinformación: el emisor oculta conscientemente datos, argumentos o noticias que no sean de su interés. Puede hacerse mediante la censura de otros canales de comunicación, u obviando directamente contenidos en las emisiones realiazadas.

Rumorología: introduce en el mensaje datos no contrastados que susciten en el receptor una consciencia efectiva de los mismos. Una mentira mil veces repetida puede llegar a convertirse en realidad.

Caos en la red: va un paso más allá del rumor. Aquí, directamente se inventa la información. Se introducen noticias falsas desde puntos y temáticas diversas, muchas veces escudados en el anonimato que dan las redes virtuales, se saturan los medios online, los perfiles sociales o los foros con datos ficticios. El daño puede ser tan grande que incluso los desmentidos de los propios afectados pueden quedar cuestionados.

Ruido: un clásico. Que se hable de uno, aunque sea mal. Las empresas pueden saturar los medios con un nuevo producto o servicio, con una campaña o una promoción. Aparecer en banners publicitarios, en cuñas radiofónicas, en spots televisivos, y en redes sociales, notas de prensa, blogs, etc. El objetivo, ser actualidad las 24 horas del día.

Descontextualización: o el doble sentido. Es común también encontrarnos con declaraciones fuera de lugar, que pareciera que dijesen algo totalmente contrario a la intención de quien las realiza. El fin suele ser desacreditar al contrario, al oponente, a la competencia. En muchas ocasiones, los medios de comunicación pueden titular con doble sentido, retorciendo el lenguaje y forzando segundas lecturas. También, los encuadres fotográficos, enfoques o ángulos, calculando qué se quiere mostrar y qué no, pueden desdibujar la realidad, haciendo que el lector y/o espectador entienda algo que no es.

Trolls: aficionados profesionalizados que se dedican a molestar, polemizar y encender los ánimos de los participantes en foros y grupos virtuales. Su motivación puede basarse en la distorsión del tema que se trate, falsear mensajes que no sean afines a sus intereses, causar el hastío y desentendimiento de otros participantes, etc.

Hay más, sin duda. Y es tarea individual saber discernir lo que es de lo que nos trasladan. Observar con espíritu crítico y contrastar las informaciones nos ayudará a salvaguardarnos de artificios manipuladores.