La comunicación con buen criterio

Comunicación

Una definición ortodoxa de la comunicación nos diría que ésta es una forma generalizada de transmitir señales utilizando un determinado medio, o canal, y un código inteligible; de manera que nuestros mensajes lleguen a los oyentes, causando en ellos un efecto predecible o no.

Pero, por muy precisa y manida que sea esta descripción, la magnitud de su significado trasciende el mero concepto teórico, adornándose de un sinfín de matices que permiten vislumbrar la trascendencia que el acto de comunicar encierra en sí mismo. Unas características que adquieren mayor o menor complejidad según sea el emisor y el receptor pero, sobre todo, el mensaje y el fin con el que lo transmitimos.

La realidad social, en efecto, se materializa a través de la comunicación, de esa transmisión primigenia de nuestros ancestros, con sonidos guturales y rudimentarios códigos que con el devenir de los siglos derivaron en complejos sistemas lingüísticos. Es de perogrullo, el ser humano se comunica desde siempre. Pero, esa evolución del lenguaje, de los canales, de los mensajes -que componen el conocimiento-, de los fonemas y alfabetos, etc., también arrastra un lastre de complejidad que dificulta el entendimiento. Observamos una primera barrera técnica en el idioma, esto es, el código, que impide el entendimiento universal y natural con nuestros semejantes; en este sentido, también, la tecnología, que obliga a adquirir conocimientos esenciales para su uso; sobre todo en entornos digitales, con la aparición de chats, mensajería y redes sociales.

Pero la complejidad aumenta aún más cuando tratamos de factores psicológicos, vinculados a nuestros fines; cuando elaboramos estructuras conscientes con los mensajes. Es entonces cuando la comunicación evidencia todos sus matices, cuando utilizamos nuestro conocimiento para configurar discursos propagandísticos o publicitarios; cuando, más allá de informar, buscamos motivar un comportamiento en nuestro receptor. ¿Es una maldad esa motivación? Evidentemente, no. O no lo es la forma, aunque sí puede serlo el fin buscado. Y lo es más cuando no jugamos en igualdad de condiciones dentro del circuito de la comunicación. Cuando nuestro radioyente, lector, televidente o internauta carece de los mismos conocimientos o, como mínimo, no dispone de una cierta cultura -experiencia- que le arme y proteja frente a la aguja hipodérmica conductista. Es el peligro, y el riesgo, de utilizar un medio para la manipulación y formación de la opinión pública.

Los formatos son muy variados: desde la dialéctica y la retórica sofista, que alababa las capacidades de la oratoria y la fundamentación de las ideas en argumentos válidos, a la propaganda política de la antigua Roma; o las “artes maquiavélicas” de Nicolás y sus bisbiseos principescos, que motivaron el nacimiento de la ciencia política moderna, con numerosos ejemplos de elocuencia y manipulación sobre el -futuro- elector. Pero también el marketing y la publicidad que, en la sociedad occidental, ayudaron a disfrazar los rasgos totalitarios del hombre unidimensional (Marcuse, 1964) con apariencia liberal y democrática, con un sistema -capitalista- que genera en el individuo constantes necesidades mediante el uso de la cultura de masas, de manera que se mine el espíritu de crítica y se acepte sin más lo que nos es “vendido”.

La comunicación es, sin duda, un elemento de estudio más complicado de lo que a simple vista parece. Aquello que queremos comunicar, nuestros mensajes, deberán tener en cuenta las numerosas variables que condicionarán su efectividad. Un análisis previo, meditado y necesario de qué es lo que queremos contar, a quién y con qué fin nos permitirá afrontar con ciertas perspectivas de éxito nuestras acciones, ese plan de comunicación que, lejos de ser baladí, encierra la clave de la efectividad.