La esencia del troll

Trolls

La llegada de la era digital, -el denominado tercer entorno (Javier Echeverría, 1999)-, conllevó también la aparición de nuevos personajes: aquellos integrados que cohabitan en esta nueva realidad electrónica ejerciendo singulares funciones conformadas a golpe de oportunidad, de carencia o de pura inventiva. Surgen así los filántropos del conocimiento, que ofrecen su saber de manera incondicional; los profesionalizados, que convirtieron una afición en una carrera más o menos rentable; aquellos otros que se suben al carro porque no les queda otro remedio que estar, etc. En esa maraña entretejida que es la red de redes, se configuran igualmente las distintas peculiaridades de cada facción. Y entre todas, una es la que destaca por lo peculiar de su comportamiento: se trata de los trolls.

Amparados en el anonimato, del que hacen un insondable escudo, participan de manera prolífica en todos aquellos foros en los que no son vetados de forma incondicional. Con una multiplicidad de caracterizaciones, pululan creando cizaña y malestar, utilizando el sarcasmo, la demagogia y una mal entendida superioridad moral que lleva a identificarles con perfiles sociópatas. Se trata de personas carentes de empatía, narcisistas que necesitan de contrincantes que aviven la hoguera de sus actos, de usuarios que sigan su juego, del que son sabedores ganadores.

Los trolls no atienden a razones ni a argumentos, más allá de los que ellos imponen como verdades absolutas. En esencia, su motivación se sustenta en la necesidad de quedar por encima de los demás, de demostrar una supuesta inteligencia de la que hacen gala en todos aquellos diálogos de besugos en los que se convierten los hilos en los que participan.

Sus víctimas se cuentan, principalmente, entre los más apasionados de la red, aquellos que no pueden, no saben o no quieren controlar sus emociones y se enzarzan dialécticamente en absurdas batallas que se libran al margen de temáticas y contextos, desoyendo lo que otros participantes comentan, estos sí, del título original tratado, creando conversaciones paralelas que más parecieran composiciones acrósticas.

Estos personajes tienden a monopolizar los foros, recibiendo a los nuevos integrantes con contundentes diatribas, que desaniman las esperanzas y hacen que se busque la puerta de salida más cercana.

Son los trolls la antítesis de la comunicación, del diálogo y del pensamiento; generadores de malestar que enturbian los coloquios, que utilizan la palabra para generar inseguridades y angustias en todos aquellos que les rodean; las personas tóxicas de la red social.

Cómo enfrentarse a un troll

Podemos esperar a que salga la luz de sol, o simplemente ignorarlos. Igual que la mente de un niño ignora a los fantasmas y los monstruos, estos desaparecen cuando nadie les hace caso. Utilizarán tretas y artimañas, cambiando de nick con frecuencia, alternando en posiciones, colores e ideologías; lo que para ellos es un juego.

Seguirles la corriente es quedar atrapado en su red, en la que aún seremos más vulnerables y en donde irán minando nuestra voluntad hasta límites insospechados. Es por ello necesario que nos armemos de mecanismos de defensa, de fuerza mental que nos evite descender por los siete círculos del infierno.

Las empresas también sufren la presencia de estos individuos, muchas veces contratados por terceros implicados -lease competencia-, con el fin de desacreditar su labor de comunicación e información de productos y servicios, arrojando falacias y rumores que pueden llegar a ser muy perjudiciales para los intereses de las compañías. En los casos más graves, es necesario contar con el asesoramiento de una agencia de comunicación con experiencia, que detecte esos rumores infundados y sepa cómo contrarrestar su perniciosa presencia.

Cuando se sospeche de la existenica de uno de estos personajes, una consulta rápida a los buscadores nos permitirá desenmascarar sus intenciones. Comprobaremos que son legión los afectados por su proceder, que advierten sobre su comportamiento dedicándoles vistosos improperios que más sirven de vía de escape que de efectivo remedio. Pero una cosa sí concluyen, ante un troll, saber abandonar no tiene por qué ser una derrota.